domingo, 19 de marzo de 2017

lunes, 13 de marzo de 2017

dos textos periodísticos dde estructura fácil

            EL TACO


He asistido recientemente a dos coloquios sobre el lenguaje actual, en sendas ciudades. En ambos salió pronto a relucir, como característica de nuestro tiempo, la abundancia enorme de tacos en la conversación. Han invadido, en efecto, dos territorios que les estaban hasta hace poco vedados; el idioma de las mujeres y el de los niños. En el de aquellas, se evitaban enérgicamente como signos de feminidad; han sido conquistados ahora por muchas en nombre del feminismo. En cuanto a los infantes, cualquier osadía les dejaba huella en los carrillos. Veo y oigo ahora, a veces, en radio y televisión, programas con niños que apenas balbucean, y no los prodigan menos. Imitan, claro es, lo que oyen, incluso en aquellos mismos medios, donde no pocos entrevistados aprovechan el micrófono para vomitar en él; y donde se les ofrecen bullendo en películas y series, españolas en particular ,que los concentran para parecer realistas.
Se me preguntó en aquellos coloquios por mi opinión sobre este rasgo de la conversación moderna. Parece inútil descalificarlo en nombre de la urbanidad, concepto ya arcaico. Me acogí a mi propio sistema de valores, forjado en otra época. Habiendo sentido siempre el taco o el palabro como ajenos a la expresión femenina e infantil, no puedo, literalmente no puedo escucharlos en una mujer o en una criatura sin sentir repeluzno. Es como si las viera alteradas y trocadas contra natura. Eso no ocurrirá, supongo, a quienes hayan vivido tal situación sin haber conocido otra.
Pero no es esta cuestión, en que estética y ética andan entremezcladas, la que me suscita más preocupación. En el taco se coagula un mensaje irreprimible que no admite espera. La emoción que suele producirlo no concede tiempo para formularla con mayor elaboración. Todos experimentamos ese impulso, aunque sean muchos quienes pueden refrenarlo. Un amigo mío se conforma con llamar imprudente al conductor que casi lo atropella. Confieso que no hago mucho por contenerme, y que han fallado siempre mis propósitos de enmienda.
Sin embargo, veo con enorme alarma su generalización como hábito, como forma de normal expresión, vaciado muchas veces de emotividad, vehículo simple de lo que no se sabría expresar de otro modo. Testimonio probable de una sociedad con pensamiento tan elemental que no precisa lenguaje alguno para comunicarlo: le basta el eructo oral, tan próximo al regüeldo de los jaques de antaño.

(Fernando Lázaro Carreter: El dardo en la palabra.)



CLÁSICOS 
Frente a tantos y tantos libros solo entretenidos, ingeniosos, eruditos o muy doctos,
pero de un solo encuentro, frente a tantos papeles de usar y tirar, como la prensa periódica
y los folletos informativos, los textos literarios se definen por admitir más de una
apasionada lectura. Y. entre estos, los clásicos son los que admiten e invitan a
relecturas incontables.
Son esos textos a los que uno puede una y otra vez volver con confianza y alegría,
como uno retoma la charla con viejos amigos, porque conservan siempre algo más para
decirnos y algo que vale la pena  rescatar en nuevas reflexiones. Tienen la virtud de
suscitar en el lector íntimos ecos, es como si nos ofrecieran la posibilidad de un diálogo
infinito. Por eso, pensamos, perduran en el fervor de tantos y tan distintos lectores. Son
insondables, inagotables, y en eso se parecen a los mitos más fascinantes, en mostrarse
abiertos a nuestras preguntas y reinterpretaciones.
Podríamos clasificar a los clásicos como "la literatura permanente" —según frase
de Schopenhauer—, en contraste con las lecturas de uso cotidiano y efímero, en contraste
con los best sellers y los libros de moda y de más rabiosa actualidad. Suelen llegamos
rodeados de un prestigio y de una dorada pátina añeja; pero son mucho más que libros
antiguos, aureolados por siglos de polvo. Conservan su agudeza y su frescura por encima
del tiempo. Son los que han pervivido en ¡os incesantes naufragios de la cultura,
imponiéndose al olvido, la censura y la desidia. Algo tienen que los hace resistentes,
necesarios, insumergibles. Son los mejores libros "con clase", como sugiere la etimología
latina del adjetivo classicus.
Los autores clásicos son quienes han dejado en sus libros, en sus textos de larga
tradición, los mensajes más perdurables y las palabras de mayor fuerza poética. Son los
intérpretes privilegiados de la fantasía y la condición humana cuyas voces lejanas
podemos escuchar gracias a sus escritos. Mediante el lenguaje el ser humano
puede ejercitar la imaginación y la memoria en viajar al pasado y en la previsión del futuro.
La escritura facilita enormemente esos viajes sobre e! tiempo. Con su imaginación y la
memoria podemos evadirnos del presente inmediato, saltar por encima de las
circunstancias y situarnos junto a esos escritores antiguos. Gracias al lenguaje, a
la escritura y al arte de leer.
(Carlos García Gual.)

     






miércoles, 18 de enero de 2017

Concurso de relatos sor María Aguilar

Se ha convocado 
el concurso de relatos Sor María Aguilar.
Bases en el corcho del Departamento.
Límite de entrega 31 de enero

¡Estáis aún a tiempo!

miércoles, 16 de noviembre de 2016

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA. 

Esquema de todo el libro:
En lo que al espacio se refiere, la obra también cierra un círculo perfecto: 

1.Familia -2. Madrid - 3. La España rural

4.La azotea del tío Iturrioz

5.La España rural- 6.Madrid- 7.Familia 
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COMENTARIO de El árbol de la ciencia


(...)
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el
fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía
de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la
mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan
fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más
comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la
realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final
de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es
conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano,
vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una
alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un
símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas
cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el
pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se
aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La
ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una
verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos
que en la Biblia.
—¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles,
el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era
inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la
ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que
le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo; la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín;
pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú
comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la
vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no
comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar
que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.
—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—.
¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de
conciencia podía comprometer la vida!
—Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte de vivir (…)

martes, 15 de noviembre de 2016

CONCURSO DE MICRORRELATOS

La Academia de Bellas Artes Santa Cecilia de El Puerto de Santa María, convoca el  “II Concurso de Microrrelatos de Navidad”.


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