domingo, 23 de abril de 2017

Algunos textos vanguardistas del 27

FUTURISMO

Madrigal a un billete de tranvía

Adonde el viento, impávido, subleva
torres de luz contra la sangre mía,
tú, billete, flor nueva,
cortada en los balcones del tranvía.

Huyes, directa, rectamente liso,
en tu pétalo un nombre y un encuentro
latentes, a ese centro
cerrado y por cortar del compromiso.

Y no arde en ti la rosa, ni en ti priva
el finado clavel, si la violeta
contemporánea, viva,
del libro que viaja en la chaqueta.

     (Rafael Alberti)


35 BUJÍAS
Sí, cuando quiera yo
la soltaré. Está presa
aquí arriba, invisible.
Yo la veo en su claro
5- castillo de cristal, y la vigilan
-cien mil lanzas- los rayos
-cien mil rayos- del sol. Pero de noche,
cerradas las ventanas
para que no la vean
-guiñadoras espías- las estrellas,
la soltaré (Apretar un botón.).
Caerá toda de arriba
a besarme, a envolverme
de bendición, de claro, de amor, pura.
15-En el cuarto ella y yo no más, amantes
eternos, ella mi iluminadora
musa dócil en contra
de secretos en masa de la noche
-afuera-
20-descifraremos formas leves, signos,
perseguidos en mares de blancura
por mí, por ella, artificial princesa,
amada eléctrica.
(Pedro Salinas)



SURREALISMO

 La aurora de Nueva York


La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Cómo hacer un poema dadaísta

Para hacer un poema dadaísta

Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.
(Tristan Tzara)

Videos para la vanguardia

Gómez de la Serna en acción



Un perro andaluz de Buñuel (película surrealista)

Caligramas, algunos antiquísimos

domingo, 19 de marzo de 2017

lunes, 13 de marzo de 2017

dos textos periodísticos dde estructura fácil

            EL TACO


He asistido recientemente a dos coloquios sobre el lenguaje actual, en sendas ciudades. En ambos salió pronto a relucir, como característica de nuestro tiempo, la abundancia enorme de tacos en la conversación. Han invadido, en efecto, dos territorios que les estaban hasta hace poco vedados; el idioma de las mujeres y el de los niños. En el de aquellas, se evitaban enérgicamente como signos de feminidad; han sido conquistados ahora por muchas en nombre del feminismo. En cuanto a los infantes, cualquier osadía les dejaba huella en los carrillos. Veo y oigo ahora, a veces, en radio y televisión, programas con niños que apenas balbucean, y no los prodigan menos. Imitan, claro es, lo que oyen, incluso en aquellos mismos medios, donde no pocos entrevistados aprovechan el micrófono para vomitar en él; y donde se les ofrecen bullendo en películas y series, españolas en particular ,que los concentran para parecer realistas.
Se me preguntó en aquellos coloquios por mi opinión sobre este rasgo de la conversación moderna. Parece inútil descalificarlo en nombre de la urbanidad, concepto ya arcaico. Me acogí a mi propio sistema de valores, forjado en otra época. Habiendo sentido siempre el taco o el palabro como ajenos a la expresión femenina e infantil, no puedo, literalmente no puedo escucharlos en una mujer o en una criatura sin sentir repeluzno. Es como si las viera alteradas y trocadas contra natura. Eso no ocurrirá, supongo, a quienes hayan vivido tal situación sin haber conocido otra.
Pero no es esta cuestión, en que estética y ética andan entremezcladas, la que me suscita más preocupación. En el taco se coagula un mensaje irreprimible que no admite espera. La emoción que suele producirlo no concede tiempo para formularla con mayor elaboración. Todos experimentamos ese impulso, aunque sean muchos quienes pueden refrenarlo. Un amigo mío se conforma con llamar imprudente al conductor que casi lo atropella. Confieso que no hago mucho por contenerme, y que han fallado siempre mis propósitos de enmienda.
Sin embargo, veo con enorme alarma su generalización como hábito, como forma de normal expresión, vaciado muchas veces de emotividad, vehículo simple de lo que no se sabría expresar de otro modo. Testimonio probable de una sociedad con pensamiento tan elemental que no precisa lenguaje alguno para comunicarlo: le basta el eructo oral, tan próximo al regüeldo de los jaques de antaño.

(Fernando Lázaro Carreter: El dardo en la palabra.)



CLÁSICOS 
Frente a tantos y tantos libros solo entretenidos, ingeniosos, eruditos o muy doctos,
pero de un solo encuentro, frente a tantos papeles de usar y tirar, como la prensa periódica
y los folletos informativos, los textos literarios se definen por admitir más de una
apasionada lectura. Y. entre estos, los clásicos son los que admiten e invitan a
relecturas incontables.
Son esos textos a los que uno puede una y otra vez volver con confianza y alegría,
como uno retoma la charla con viejos amigos, porque conservan siempre algo más para
decirnos y algo que vale la pena  rescatar en nuevas reflexiones. Tienen la virtud de
suscitar en el lector íntimos ecos, es como si nos ofrecieran la posibilidad de un diálogo
infinito. Por eso, pensamos, perduran en el fervor de tantos y tan distintos lectores. Son
insondables, inagotables, y en eso se parecen a los mitos más fascinantes, en mostrarse
abiertos a nuestras preguntas y reinterpretaciones.
Podríamos clasificar a los clásicos como "la literatura permanente" —según frase
de Schopenhauer—, en contraste con las lecturas de uso cotidiano y efímero, en contraste
con los best sellers y los libros de moda y de más rabiosa actualidad. Suelen llegamos
rodeados de un prestigio y de una dorada pátina añeja; pero son mucho más que libros
antiguos, aureolados por siglos de polvo. Conservan su agudeza y su frescura por encima
del tiempo. Son los que han pervivido en ¡os incesantes naufragios de la cultura,
imponiéndose al olvido, la censura y la desidia. Algo tienen que los hace resistentes,
necesarios, insumergibles. Son los mejores libros "con clase", como sugiere la etimología
latina del adjetivo classicus.
Los autores clásicos son quienes han dejado en sus libros, en sus textos de larga
tradición, los mensajes más perdurables y las palabras de mayor fuerza poética. Son los
intérpretes privilegiados de la fantasía y la condición humana cuyas voces lejanas
podemos escuchar gracias a sus escritos. Mediante el lenguaje el ser humano
puede ejercitar la imaginación y la memoria en viajar al pasado y en la previsión del futuro.
La escritura facilita enormemente esos viajes sobre e! tiempo. Con su imaginación y la
memoria podemos evadirnos del presente inmediato, saltar por encima de las
circunstancias y situarnos junto a esos escritores antiguos. Gracias al lenguaje, a
la escritura y al arte de leer.
(Carlos García Gual.)